Grupo Parlamentario MORENA, LXVI Legislatura

México vuelve a creer en México

Escrito por la Senadora Jesús Lucía Trasviña Waldenrath

Las imágenes que hemos visto durante la Copa Mundial de la FIFA 2026 son mucho más profundas de lo que algunos analistas quieren reconocer. Millones de mexicanas y mexicanos portando con orgullo los colores nacionales, ondeando la bandera, cantando el Himno Nacional y celebrando juntos cada victoria de nuestra selección representan algo más grande que una simple fiesta deportiva: representan el renacimiento de un sentimiento nacional que durante décadas fue minimizado, cuando no despreciado, por quienes impulsaron un modelo político y económico que pretendía diluir las identidades nacionales en favor de intereses globales.

Durante muchos años se nos dijo que el nacionalismo era una idea del pasado. Se nos quiso convencer de que la modernidad consistía en abandonar nuestras raíces, relativizar nuestra historia y reducir la soberanía nacional a una mera formalidad administrativa dentro de un mundo gobernado por mercados, corporaciones y organismos financieros internacionales.

Bajo la lógica neoliberal, México debía integrarse a la globalización no desde la fortaleza de su identidad, sino desde la renuncia a ella. Se promovió una visión donde el ciudadano debía sentirse más consumidor que mexicano; más individuo aislado que parte de una comunidad nacional con historia, cultura y destino compartido.

Sin embargo, algo comenzó a cambiar en 2018.

La llegada de la transformación encabezada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, significó también la recuperación de una narrativa profundamente nacionalista, democrática y popular. Volvimos a escuchar con fuerza conceptos que habían sido relegados por las élites tecnocráticas: soberanía, independencia, autosuficiencia, justicia social, dignidad nacional y amor por la patria.

No se trató de un nacionalismo excluyente ni de confrontación con otros pueblos. Por el contrario, fue un nacionalismo basado en el respeto mutuo entre las naciones, en la cooperación internacional y en la convicción de que México debía relacionarse con el mundo desde la dignidad y no desde la subordinación.

Hoy, cuando nuestro país recibe al mundo en una Copa del Mundo histórica, ese sentimiento se encuentra más vivo que nunca.

Las celebraciones multitudinarias en plazas, estadios y espacios públicos reflejan una sociedad que ha vuelto a sentirse orgullosa de sí misma. Reflejan un pueblo que reconoce su historia, que valora su cultura y que entiende que la identidad nacional no es un obstáculo para la modernidad, sino una condición indispensable para construirla.

Esto cobra especial relevancia en una época marcada por profundas divisiones internacionales. Observamos conflictos armados en distintas regiones, tensiones geopolíticas crecientes, discursos de odio, crisis migratorias y una polarización política que atraviesa a numerosas democracias. Frente a ello, el deporte sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de generar cohesión social y entendimiento entre pueblos distintos.

Europa ha comprendido desde hace décadas que los grandes eventos deportivos pueden fortalecer el tejido social y consolidar valores compartidos. México debe aprender de esas experiencias sin renunciar a su propia esencia. Debemos aprovechar esta oportunidad para proyectar al mundo una imagen de país moderno, democrático y abierto, pero también orgullosamente mexicano.

Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en organizar exitosamente un Mundial. El reto es consolidar un proyecto nacional capaz de transformar el entusiasmo de estas semanas en un compromiso permanente con el desarrollo, la justicia y la unidad nacional.

Las banderas que hoy ondean en cada rincón del país nos recuerdan algo fundamental: los pueblos que pierden su identidad terminan perdiendo también su capacidad de decidir su propio destino.

Por eso celebro este nuevo nacionalismo mexicano. Un nacionalismo democrático, incluyente y popular. Un nacionalismo que no se opone al mundo, sino que dialoga con él desde la dignidad. Un nacionalismo que entiende que la soberanía no es una reliquia del pasado, sino una herramienta indispensable para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

México vuelve a creer en México. Y quizá ese sea el legado más importante de este tiempo histórico de la Cuarta Transformación en la vida pública nacional.